Raphaël Simi, cofundador de El Arca
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“Raphaël no podía desaparecer mis discapacidades ni eliminar el dolor que me causaba el fracaso y la humillación; no podía enseñarme francés ni contestar el teléfono por mí. No podía hacer nada, más que ser mi amigo y quedarse a mi lado; y eso fue lo que hizo. Raphaël venía a la oficina todos los días, nos preparaba el café, me abrazaba y me daba un beso para recordarme que pensaba en mí. Poco le importaba si yo hablaba o no francés. No le interesaban mis logros ni mis fracasos como responsable de comunidad. Yo sólo estaba presente y eso le era suficiente”. (Georges Durner, Coordinador regional, Francia)
Raphaël nació en 1928 en Marsella pero, desde 1931, vive su infancia en París con sus padres, sus hermanos y su hermana. Siendo muy pequeño, se enferma de polio y probablemente, también, contrae una enfermedad neurológica que afecta sus cuerdas vocales y le provoca una hemiplejia. Fue muy consentido por su familia pero 30 años más tarde, cuando fallece su mamá en 1962, lo internan en una institución.
Se siente infeliz, aislado del mundo exterior y de sus seres queridos; su universo se reduce a los cuatro muros de la institución. Permanece ahí hasta que, en 1964, Jean Vanier lo acoge en El Arca junto con Philippe Seux. Sin esperar mucho, empieza a trabajar en el taller de Trosly y se mantiene en contacto con su hermano y su hermana hasta que ellos fallecen.
El Arca en Trosly crece y Raphaël pide ir a vivir a El Arca la Rose des Vents para estar en un lugar más tranquilo. En ese entonces contaba con 60 años de edad y una de sus tareas es ser el cartero de la comunidad: distribuye la correspondencia para el hogar y el taller. Unos años más tarde se jubila pero continúa haciendo algunas labores en su comunidad y frecuentando el taller ocupacional.
La salud de Raphaël se ve fuertemente mermada al final del invierno del 2003…fallece la noche del 24 de marzo del mismo año. En testimonio de Georges Durner, antiguo responsable de la comunidad de La Rose de Vents: “Para Raphaël y las demás personas acogidas en La Rose de Vents poco les importaba que yo fuera competente o no en el ejercicio de mi función. […] Simplemente me invitaban a estar. Eso era lo único que Raphaël y los demás esperaban. […] me ayudaron a tomar conciencia de que yo siempre era alguien, que yo siempre era una persona preciosa y amable aún cuando no conseguía lograr nada […] si de los dos yo siempre era el más autónomo, Raphaël era el más fuerte; y él lo sabía”.