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Durante el mes de agosto, me sentí feliz, profundamente feliz en Orval. El silencio, los servicios religiosos de los monjes, las eucaristías, el bosque, mi habitación al fondo del pasillo, tantos elementos que me alegraban y me daban mucha paz. Me gusta estar ahí, tener el tiempo para orar, leer, escribir, descansar y caminar en el bosque. Me siento muy agradecido por El Arca, por Fe y luz, por la vida, por mi vida. Este monasterio es uno de esos islotes tan necesarios en nuestro mundo herido, en movimiento y en evolución, tan invadido por el individualismo, el éxito personal y los valores ensalzados por los medios de comunicación; este lugar hace recordar la paz, que Dios está, que el amor y la fraternidad son posibles.