» Recursos » Cartas de Jean Vanier
Regreso | Imprimir | Descargar
Heme aquí en el monasterio de Orval: en donde paso un momento de descanso, de silencio, de oración y de paz. Un momento para asimilar todo lo que he vivido estos últimos meses, en particular la muerte de Bárbara. Aún me cuesta trabajo aceptar que ya no está con nosotros. Bill Clarke tuvo la fortuna de estar con ella la víspera de su muerte. Estaba tan presente durante la Eucaristía que Bill celebró en su cuarto de hospital. Que mejor regalo para Bárbara que Bill pudiera estar ahí, con ella. Por mi parte, yo tuve la dicha de estar con ella, tomándole la mano, durante sus últimas dos horas. Abrió los ojos, me miró, oramos juntos, poco después su respiración y su corazón se detuvieron. Se fue tranquila y apaciblemente; se fue sin ningún lamento, sin ningún murmullo, ninguna queja, sin ninguna agonía aparente, se quedo dormida como un niño pequeño en los brazos de Dios. Su último aliento fue para Bill, que llegó para celebrar una vez más la Eucaristía. Bárbara murió como solía vivir, humilde y silenciosamente.